8 de junio de 2007

ENTONCES MI PADRE NO ERA MI ÍDOLO

Este texto lo escribí para un concurso, algunos ya lo han leído, ahora al tener cerca el día del padre, lo llevo al ciberespacio en homenaje a esos padres que siempres están ahí, callados, esperando el abrazo de sus hijos, para ellos FELIZ DIA...

IDOLO: figura de una falsa deidad que se expone a la adoración de los fieles. Sinón : Fetiche: ídolo u objeto de culto de ciertos pueblos primitivos. Objeto se considera trae buena suerte, mascota, talismán. (Pequeño Larousse)

Después de esta definición, estoy confundida, tenía la idea que ídolo era una persona a quien uno admiraba pero que no era falsa ¿fetiche, objeto que se considera trae buena suerte? Entonces mi padre no era mi ídolo, bajo esos parámetros no era.

Mi padre era un hombre sencillo, solitario, silencioso y sabio tenía las cuatro s y las tres p: procreador, proveedor y protector, llegaba en las noches siempre con una bolsa, mi hermano y yo corríamos a ver qué había allí, nuestros ojos se iluminaban cuando veíamos las bagatelas, las pequeñas galletas quetzales de queso, un pasaboca exquisito para nuestro paladar y qué decir del queso pera, nos sentábamos a quitar capa por capa y comer despacio para que el sabor perdurara. Mientras mi madre servía la cena, él se sentaba en la sala, yo llegaba corriendo con hebillas de todos los colores, cepillos, peines, cauchos, jugaba con su pelo lacio, tan lacio que las hebillas se resbalan, el cansancio y mis pequeñas manos lo dormían, pero no me importaba, yo sólo quería estar con él.

Los sábados la dicha completa, ir a la ferretería, abrir el cajón donde milímetro a milímetro estaban organizados los tornillos, las tuercas, los clavos, las tachuelas, los estoperoles, los chinches, las arandelas, eso sí era la maravilla china y mirar debajo de ese cajón era otra maravilla, nada menos que las bolas de cristal y los trompos con sus diseños que me dejaba boquiabierta, esos trompos que mi madre hacía bailar como nadie, los colocaba así girando en mis manos, extasiada miraba, muda, hasta que el trompo quedaba quieto, me volteaba y le preguntaba: ¿me lo regalas? Cada sábado salía con un trompo, y unos tornillos diminutos dorados, unas bolas de cristal, y cuanta cosa pequeña me llamara la atención, pero esas sí me las robaba.

De la emoción pasaba a la seriedad, mi padre colocaba un cajón para que me pudiera subir y atender a la gente. ¡Qué emoción! atender a la clientela, era demasiada responsabilidad para una niña, responsabilidad y seriedad que se escurrían cuando alguien preguntaba:”¿Niña tiene rabo runcho? mis ojos más grandes de lo que son por naturaleza, se abrían clamando ayuda, él serio pero con toda la ternura, me alcanzaba una lima triangular para que yo la entregara. De atender el mostrador pasaba mi cajón a la máquina registradora, una máquina de leyenda, antigua, con teclas de colores para cada peso, centavo, hasta libras esterlinas, con toda la paciencia me cogía la mano y golpeaba la tecla que debía, pero lo máximo era dar vuelta a la palanca y ver cómo se abría la caja con todo el dinero, me decía qué billete entregar y cuántas monedas dar.

MI PADRE ERA MI IDOLO.

Nunca hubo un cariño pero su mirada expresaba el amor tan grande que sentía, sus ojos brillaban al vernos jugar y una leve sonrisa aparecía. Jamás regañaba, esa tarea era materna, él sólo miraba y escuchaba.

Con paso lento fue pasando el tiempo yo era adolescente, ya no jugaba con su pelo lacio, ya no me emocionaban las bagatelas, ya no iba al almacén, yo sólo quería escuchar mi música. Era mi primer y único encuentro con el rock, acostada en el suelo, escuchando IN-A-GADDA-DA-VIDA (Iron Butterflay) me concentré tanto que muchas imágenes se volcaron en mi mente, mi niñez jugando con el cabello de mi padre, la sonrisa apenas esbozada en su rostro, la soledad que lo envolvía, sentí que ese sonido era él, quince minutos de sonidos repetitivos, escalas que iban del grave al agudo, sonidos de batería, batería y más batería pero diciendo tantas cosas al alma, como él, solitario, silencioso, sencillo y sabio.

Viejo mi querido viejo, ahora ya caminas lerdo, se volvió agachado, triste, lánguido, como si la vida le pesara, la mirada cansada de ver cosas que no debería haber visto, ya no brillaban sus ojos, sus pensamientos eran suyos y de nadie más, mi ídolo se fue, dejando muchas enseñanzas, erróneas a veces, sabias otras, se fue dejando un vacío que sólo los ídolos dejan, y si él no llena la definición de ídolo según el diccionario, no sé qué es un ídolo.

4 comentarios:

  1. Ver al Papá Hernán comparado con In-A-Gadda-Da-Vida es algo que no había imaginado nunca pero lo que dices es muy cierto.

    También recuerdo la ferretería, aunque no me tocó mucho, así como la droguería donde trabajaba el Abuelo Andrés con su sonrisota bonachona y el mismo amor en la mirada.

    Los mismos de tu Pantera Rosa, mi papá querido y su bendita maña de hacernos cosquillas, maña que secretamente disfrutamos y extrañamos.

    Ay madre, ya van dos veces que se me pone ojo Candy con un texto tuyo. Si sigues así me voy a volver sentimental... jajajaja.

    Besos.

    ResponderEliminar
  2. A veces son silenciosos, parcos, lacónicos... pero con el pasar de los años, te das cuenta que siempre estuvieron allí, y que les debes más que un parecido físico o algún recuerdo por allí perdido.
    Bonito homenaje a tu papá.
    Yo tengo al mío que a la mitad de su vida cambió totalmente... Era así, callado, parecía más bien frío, inexpresivo... Luego se convirtió en un ser que expresaba lo que sentía. Y todos en mi casa lo agradecemos. No hay otro como él.

    ResponderEliminar
  3. Cada ser es unico e irrepetible y cada uno de ellos deja hondas huellas. Lo lindo es saber descubrir en esa infinidad de caracteristicas, la forma peculiar que tiene cada uno de dar y demostrar su amor.
    No se quien eres tu, pero te agradezco el que me compartas tu blog. Un detalle..como se llama tu padre?
    El mio se llamaba Jorge Enrique y volo a la eternidad muy joven...lo disfrute 27 años pero su legado continua hoy...siempre vigente.
    Rodrigo Monsalve E.

    ResponderEliminar
  4. Estaba escribiendo algo parecido para estos días pero al leer la entrada creo que mis palabras salen sobrando.

    Esas galletas "Quetzales" quedaron grabadas como bellos estigmas. Más que su sabor era la alegría de la sorpresa cuando él las traía.

    Si, fue un hombre silencioso, casi inexpresivo, pero sabíamos que estaba al lado nuestro. Uno de los recuerdos más profundos me lo dejó en mi vida adulta, casado ya, con dos hijas que mantener y una situación económica difícil, me escribe una nota y en una de sus frases "tranquilo hijo que yo estoy aquí".
    Sabía yo que no era un hombre excesivamente solvente y no era en ese sentido que me podía ayudar pero su frase me dió paz en el alma para enfrentar los avatares.

    ResponderEliminar