4 de agosto de 2011

En el Gólgota


El vendaval hace crujir las cruces de madera clavadas en la cima del monte. Los verdugos ríen, las mujeres lloran alrededor de los tres hombres condenados a la vergüenza y a la humillación. No cesa de llover, truena y la tormenta arrastra el viento. Uno de los crucificados siente que algo roza su cara, la agonía le impide levantar el rostro. Una cucaracha se posa sobre la cabeza del moribundo, trata de abrir las alas queriendo volar, pero una espina  la atraviesa. “Tengo sed”. La cucaracha lo mira con tristeza y herida baja por la mejilla, llega a su  boca, se sacude con dolor  las gotas de agua adheridas en  sus alas  mojan los labios del agonizante. Él sonríe por última vez y  le dice: 

 En verdad, en verdad os digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso

4 comentarios:

  1. Anónimo1:05 PM

    Es posible que haya más bondad en el interior de una criatura que consideramos "repulsiva", que en el corazón del ser humano?
    Tu escrito me puso a pensar, me gusto mucho.

    Esther

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  2. Corto y sustancioso! Saludos, Gloria

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  3. ¿Y por qué no se las llevó a todas para allá? Nos habríamos librado del infierno que resulta encontrarse a una de ellas en la noche en el cuarto de uno. Era preferible adorarlas en el cielo que encontrárselas en la tierra.

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  4. Pos Marqués, yo creo que allá tiene muchas y de vez en cuando las manda a esta tierra, lo que no sabemos es cómo son después de haber estado en el paraíso.

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