El vendaval hace crujir las
cruces de madera clavadas en la cima del monte. Los verdugos ríen, las mujeres
lloran alrededor de los tres hombres condenados a la vergüenza y a la
humillación. No cesa de llover, truena y la tormenta arrastra el viento. Uno de
los crucificados siente que algo roza su cara, la agonía le impide levantar el
rostro. Una cucaracha se posa sobre la cabeza del moribundo, trata de abrir las
alas queriendo volar, pero una espina la
atraviesa. “Tengo sed”. La cucaracha lo mira con tristeza y herida baja
por la mejilla, llega a su boca, se
sacude con dolor las gotas de agua adheridas en sus alas
mojan los labios del agonizante. Él sonríe por última vez y le
dice:
En verdad, en verdad os digo:
hoy estarás conmigo en el Paraíso


Es posible que haya más bondad en el interior de una criatura que consideramos "repulsiva", que en el corazón del ser humano?
ResponderEliminarTu escrito me puso a pensar, me gusto mucho.
Esther
Corto y sustancioso! Saludos, Gloria
ResponderEliminar¿Y por qué no se las llevó a todas para allá? Nos habríamos librado del infierno que resulta encontrarse a una de ellas en la noche en el cuarto de uno. Era preferible adorarlas en el cielo que encontrárselas en la tierra.
ResponderEliminarPos Marqués, yo creo que allá tiene muchas y de vez en cuando las manda a esta tierra, lo que no sabemos es cómo son después de haber estado en el paraíso.
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